miércoles, 28 de septiembre de 2022

El respeto ético a la debilidad (II)

Afrontamos a continuación el valor clínico que se le debe dar al enfermo. Un valor que va más allá de la consideración científica a resolver mediante sofisticados y cada vez más precisos protocolos. Si nos quedásemos ahí, en un mero ajuste biológico y celular, no actuaríamos tampoco con la eficacia profesional médica que cabe prestar a la persona enferma.   

Así lo refiere el Prof Herraz:

“…Sucede que las profesiones sanitarias, la medicina y la enfermería, sobre todo, están llamadas vocacionalmente a servir y a ayudar a los enfermos y débiles.

Lo propio de las verdaderas profesiones y, en particular de las que cuidan de la salud de los hombres, no es poseer una ciencia compleja y que cuesta muchos años dominar. Consiste, más bien, en usar ese conocimiento experto para el bien de otros que están en situaciones particularmente vulnerables. Los auténticos profesionales no tratamos con cosas, con elementos parciales, fragmentarios, de la existencia de los hombres, sino con su salud y su vida entera. Los enfermos se ponen en nuestras manos, ellos enteros, cuerpo y alma, no simplemente sus cosas.

El enfermo, todo enfermo, se ve así forzado a confiar en nosotros. Nos sería muy fácil explotar la debilidad del enfermo, o dejarnos llevar de otros intereses que no fueran el interés del enfermo. Pero la ética profesional nos recuerda constantemente que ante el enfermo debilitado estamos particularmente obligados por un compromiso de lealtad y respeto.

El paciente terminal es un acertijo para médicos y enfermeras. Delante del enfermo terminal hemos que resolver un enigma: el de descubrir y reconocer en él toda la dignidad de un ser humano. 

La enfermedad terminal tiende a eclipsar la dignidad: la oculta e incluso la destruye. Si, en cierto modo, la salud nos da la capacidad de alcanzar una cierta plenitud humana, estar enfermo limita, de modos y en grados diferentes, la capacidad de desarrollar el proyecto de hombre que cada uno de nosotros acaricia. 

Una enfermedad seria, incapacitante, dolorosa, que merma nuestra humanidad, y mucho más la enfermedad terminal, no consiste sólo en trastornos biológicos, moleculares o celulares. Ni es tampoco un recorrido vivencial de etapas que van marcando las reacciones del enfermo ante la muerte ineluctable. Por encima de todo eso, la situación terminal constituye una amenaza a la integridad personal, que pone a prueba al enfermo en cuanto hombre.

Médicos y enfermeras no deberíamos olvidarlo al estar con nuestros enfermos. Nuestra asistencia no se puede reducir a una simple operación técnico-científica. Incluye siempre una dimensión interpersonal. No puede limitarse a aplicar un protocolo de cuidados paliativos: a ningún enfermo le podemos servir sólo con ciencia y conocimiento, herramientas y sistemas. 

Los protocolos son utilísimos, una ayuda grande. Pero son también fundamentalmente reduccionistas. Son como un formulario en el que hay que rellenar ciertos espacios en blanco, que se refieren siempre a cosas fácilmente mensurables y que les parecían importantes a los autores del protocolo... Tienen en cuenta algunas variables individuales, pero inducen a tratar a los pacientes como a elementos intercambiables. Los protocolos y sistemas no lo son todo en el servicio que hay que dar a los pacientes. Con su ayuda, hay que ser más competentes en el tratamiento del dolor y de los síntomas. Pero no pueden inhibir la atención humana que los más débiles necesitan: médicos y enfermeras han de comunicar paz y calor humano a sus pacientes, suprimir la soledad y de indefensión con que la enfermedad les amenaza”. Gonzalo Herranz, Conferencia en el VI Máster de Cuidados Paliativos. Aula “Ortiz Vázquez”, Hospital La Paz de Madrid, 8 de mayo de 1999


viernes, 23 de septiembre de 2022

El respeto ético a la debilidad (I)

Durante una serie de envíos vamos a comprobar porqué la auténtica Medicina tiene en la debilidad de todo enfermo la raíz de su actuación. Esa opción es fiel, sólida e inquebrantable. La Medicina sabe que le va en ello su propia existencia. El Prof Gonzalo Herranz lo irá argumentando de forma lúcida.  

Refiere el Prof Herranz:

“El tema de que he de tratar aquí es particularmente relevante. Nos coloca ante una pregunta: ¿qué dice la ética profesional del médico sobre la debilidad del paciente y, concretamente, de la debilidad del paciente terminal? ¿Es la debilidad signo para una particular protección o (una) marca para el abandono y el desprecio?

Es este un tema esencial de la Medicina y, a la vez, un asunto de vibrante actualidad. Es ahí donde la Medicina paliativa se presenta como protectora de humanidad.

La historia sufre vaivenes… Andar basculando entre el respeto y el abandono es asunto que ha estado continuamente presente en la historia de la Medicina y que está presente en el debate interior de muchos médicos y enfermeras.

La debilidad no parece de suyo muy respetable. Siempre se ha dicho en Medicina, delante del enfermo terminal: “ya no hay nada que hacer”. Y, muchas veces, la reacción ante la debilidad toma una de las muchas formas del abandono.

Platón, en la República, resume la actitud de la medicina griega, incluida la hipocrática: “Esculapio enseñó que la medicina era para los de naturaleza saludable pero que estaban sufriendo una enfermedad específica. Él les libraba de su mal y les ordenaba vivir con normalidad. Para aquellos, sin embargo, cuyos cuerpos están siempre en un estado interno enfermizo, ni siquiera les prescribía un régimen que pudiera hacer de su vida una miseria más prolongada. La medicina no era para ellos y no deberían ser tratados aunque fuesen más ricos que Midas”.

Y así siguen pensando hoy mucha gente racionalista y pragmática, los seguidores de cualquier filosofía, antigua o moderna, del poder, la vitalidad: en la costumbre de los antiguos de exponer a los enfermos o débiles, en el disgusto instintivo que todos sentimos en presencia de la vida empobrecida. Nietzsche llevó ese rechazo al extremo. Basado en las exigencias de la razón, el sentimiento, la naturaleza y el instinto, hace de la voluntad fundamental de estar sano el principio fundamental de la naturaleza. La voluntad vital y segura del instinto no mueve al hombre sano a respetar y compadecerse del enfermo y el débil, sino mas bien le empuja al desprecio, incluso a la aniquilación.

El reconocimiento del valor humano de los débiles entra en la humanidad con la tradición judeo-cristiana, sobre todo cristiana, de que todos, fuertes y débiles, somos iguales delante de Dios, de que todos poseemos una idéntica dignidad, intrínseca e inalienable, que se nos da con la misma existencia. Una dignidad que nos viene de ser todos y cada uno, sin distinción y misteriosamente, imago Dei”. En Gonzalo Herranz, Conferencia en el VI Máster de Cuidados Paliativos. Aula “Ortiz Vázquez”, Hospital La Paz de Madrid, 8 de mayo de 1999


domingo, 18 de septiembre de 2022

Papa Francisco sobre la eutanasia o el aborto

El Papa, durante la rueda de prensa en el vuelo de regreso a Kazajistán, expresó con claridad qué imagen le sugería a los que proceden a eliminar vidas, ya sea sirviéndose del aborto o de la eutanasia. Dijo: "Matar no es humano. Si tú matas con motivaciones, al final matarás más. Lo de matar lo dejamos a las bestias"    


martes, 13 de septiembre de 2022

Madre Teresa de Calcuta defensora de la auténtica libertad de la mujer embarazada

Santa Teresa de Calcuta, muy buena conocedora en lo qué significa ser mujer, qué significa ser libre a una mujer embarazada y qué libertad intangible subyace en el feto, advierte de cuál es el precio que siempre ¡siempre! se paga al aniquilar esas básicas libertades.
En este inolvidable acto, Santa Teresa de Calcuta revela las gravísimas consecuencias que conlleva menospreciar o ser indiferente a la auténtica libertad de la mujer embarazada y a la indiscutible libertad del feto.



viernes, 9 de septiembre de 2022

El valor de los Comités de Bioética (y IV)



Siguiendo la exposición del Prof Gonzalo Herranz, es evidente que la salud de un Comité de bioética en Medicina depende de su compromiso con la verdad científica, que ciertamente es imposible que surja de una visión reduccionista de la ciencia, razón que explica que haya tantos Comités de bioética cadáveres. El futuro de los Comités depende de su compromiso con la verdad. Sin ese compromiso "hablan" desde el cementerio.

Claramente lo expresa el Prof Herranz

“¿Cuál será el futuro de los Comités?... Los Comités, como toda empresa humana, pueden tener sus fallos y, de hecho, los han tenido y en abundancia. 

Pero es mi impresión que a los científicos, de la variedad cientifista, necesitan que alguien les recuerde, con inteligencia y con obstinación, lo que Max Planck dijo acerca de los límites éticos de la indagación científica: “Alegrarnos ante lo investigable e inclinarnos reverentemente ante lo que no se debe investigar”.

Los científicos de hoy necesitan que alguien les recuerde que la ciencia tiene unos límites éticos, que la ciencia no lo es todo ni, como ellos pretenden, lo explica todo. 

Necesitan que alguien, con mucha sencillez, les recuerde que el cientifismo es una herejía humana que sólo admite la existencia de cosas como las moléculas, genes, mecanismos, técnicas, enfermedades, pero que es ciego a algunos hechos y valores humanos básicos: que el paciente y su enfermedad, su cuerpo y sus órganos son indisociables; que los genes humanos están en las personas, no en los tubos de ensayo o en un vacío existencial que niega lo antropológico, lo personal, lo familiar, lo social y lo ético; que un embrión humano, incluido un embrión humano clonado, no es un mero complejo molecular o un curioso artificio celular, sino un ser humano, con un destino humano, plenamente abierto al futuro y repleto de dignidad humana.

Lo hecho hasta ahora por los Comités de Bioética es, como tantas cosas verdaderamente humanas, una mezcla de aciertos y pifias, de sabiduría y de debilidad, de valientes actos de fe y de astutas concesiones políticas. 

Su futuro es incierto. Pero han de continuar. Siempre tendrá que haber muchas voces que recuerden a la humanidad que, para seguir siendo humana, no le basta la ciencia, sino que necesita la sabiduría, una sabiduría que afirme ante la tentación reduccionista, en palabras de Juan Pablo II en su Encíclica Redemptor hominis “la prioridad de la ética sobre la técnica, el primado de la persona sobre las cosas, la superioridad del espíritu sobre la materia”. Gonzalo Herranz, “La Bioética, asunto público: presente y futuro de los Comités Internacionales y Nacionales de Bioética”, conferencia en el Congreso Internacional de Bioética. Universidad de La Sabana, 1997. 


jueves, 1 de septiembre de 2022

El valor de los Comités de Bioética (III)

Seguimos valorando de manos del Prof Herranz la naturaleza auténtica de los Comités de bioética. Es fundamental que en dichos comités se respire libertad. Libertad expresada en la calidad y consistencia científica con que se elaboran sus argumentos. Sin esa libertad los comités serán comités decorativos o de paja, más conocidos como “comités políticos”.  

El Prof Herranz, así se expresa:

“Aunque no fuera por otra cosa, los Comités de rango nacional e internacional deben existir para ser plataformas en las suenen las voces de hombres de buena voluntad. Nunca debería estar ausente en ellos la voz de la ética cristiana con su formidable fuerza vivificadora. Su exclusión sectaria significaría un empobrecimiento irreparable del valor de esos Comités.

…Un rasgo prácticamente universal es su carácter consultivo, asesor. Se arguye razonablemente que por ser comités de ética no pueden ser instituciones prescriptivas. Puesto que la ética no se puede imponer por la fuerza, los comités nunca podrán constituir un “poder” fáctico. 

Su fuerza está en su autoridad y ascendencia moral, en la objetividad con que los datos son expuestos, la ecuanimidad con que los argumentos son resumidos, y la consistencia y fuerza persuasiva de las conclusiones que propone. 

Los comités nacionales pueden hacer recomendaciones, pero se abstendrán de preparar borradores de nuevas legislaciones. No han de llegar necesariamente a un consenso: eso debe dejarse muchas veces a las negociaciones, pragmáticas e inevitablemente abiertas al compromiso, de los políticos.

Un extremo importante es el que se refiere al régimen de tutela, pues de él depende la mayor o menor autonomía e independencia del comité. Nunca la autoridad que acoge al comité debería someterlo a una situación de dependencia, económica y burocrática, que pudiera limitar la libertad de indagación o la independencia de funcionamiento.

Sobre todo, debe concederse a los comités la libertad de dar a conocer sus estudios, conclusiones y recomendaciones: cuando actúan como conciencia de la sociedad, como abogados de la dignidad y la justicia dentro del terreno que les ha sido asignado, su voz debe ser escuchada por todos, incluidos quienes los han creado. 

…Es rasgo propio de todo comité nacional aspirar a ser un lugar de convergencia de las diferentes tendencias ideológicas que circulan por la sociedad y los diferentes enfoques que, desde las distintas ramas, humanísticas o biomédicas, de la ciencia, ofrecen versiones y soluciones complementarias de los problemas que se estudian. Es decir, por definición, los Comités han de ser ideológicamente pluralistas y científicamente pluridisciplinarios...” Gonzalo Herranz, “La Bioética, asunto público: presente y futuro de los Comités Internacionales y Nacionales de Bioética”, conferencia en el Congreso Internacional de Bioética. Universidad de La Sabana, 1997.