Cuestión: Usted, Prof. Herranz, también fue convocado a formar parte del Consejo Directivo de la Academia Pontificia para la Vida, fundada por Juan Pablo II en 1994. La Academia Pontificia para la Vida tiene como objetivo promover el progreso de los estudios y la información y formación sobre los principales temas de bioética y de derecho relativos a la promoción y defensa de la vida, especialmente en la relación directa que tienen con la moral cristiana. ¿Qué temas se trataron en aquellos primeros años desde la Academia?
Respuesta del Prof. Herranz: “La Academia tuvo que ponerse en marcha como institución, cosa nada fácil. Es, como la Iglesia, universal. Conviene que en ella haya académicos de todos los continentes y culturas, de todas las mentalidades y opiniones compatibles con el compromiso básico del respeto absoluto a la vida humana desde la concepción hasta la muerte natural.
Creo que en sus primeros años hubo que emplear mucha energía en crear cohesión, en descubrir los campos de competencia, en crear relaciones fraternas con otros organismos "limítrofes" de la Santa Sede.
Las primeras asambleas se dedicaron al comentario y profundización, a nivel académico, de la Encíclica Evangelium vitae, y, lógicamente, al estudio de los problemas ligados a la identidad y estatuto del embrión humano; las cuestiones, teóricas, sociales y biomédicas, derivadas del conocimiento creciente del genoma humano; y la indagación sobre la dignidad del morir humano. Gran parte de la actividad de la Academia en esos primeros años era, en cierto modo, una actividad reactiva ante los problemas existentes en la sociedad, una defensa de la ética de respeto a la vida humana. Sólo más tarde, la Academia pudo tratar de desarrollar el encargo de Juan Pablo II de enviar a la sociedad el mensaje positivo de la Cultura de la Vida: anunciar, celebrar y servir el Evangelio de la Vida, un programa tan atractivo como complejo, pero al que hay que dar base académica, y que hay que difundir al más alto nivel intelectual.
A mi modo de ver, el problema no está en la producción de estudios de calidad alta. Pienso que, en muchas ocasiones, los académicos y los invitados a intervenir en las Asambleas de la Academia han brillado a gran altura. Algunos de los volúmenes de las Actas de la Academia no desmerecen de los mejores tratamientos que, en el mundo intelectual, se haya podido dar a esos temas. El problema está en la difusión de esas ideas, en superar la marginación y los prejuicios con que se distingue a tantas ideas que provienen del campo católico.” En Al servicio del enfermo. Conversaciones con el Prof. Gonzalo Herranz. José María Pardo. EUNSA, 2015.

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