viernes, 17 de diciembre de 2021

Eutanasia y dignidad del morir (y IX)


El médico debe considerar al paciente como persona que, dentro de su inviolable dignidad, se muestra frágil y vulnerable. Nunca como objeto para ser juzgado y luego tratado como mero producto según calidad de vida.  

De forma clara y correcta lo expresa el Prof Herranz:

“Conviene señalar que el papel de los profesionales de la salud es sopesar el valor, eficacia y proporcionalidad de los medios de que disponen, no de juzgar el valor de las vidas que les son confiadas.

Sin embargo, algunos médicos y enfermeras, en los que ha calado profundamente una idea radical de la calidad de vida, consideran que hay vidas tan carentes de calidad y dignidad, que no son merecedoras de atención médica y que son tributarias de la muerte compasiva. 

Tal actitud subvierte la tradición ética de las profesiones sanitarias, uno de cuyos elementos más fecundos y positivos, tanto del progreso de la Medicina como en el de la sociedad, consiste en comprender que los débiles son importantes, que poseen plenamente la dignidad de todo hombre (R. Crawshaw, Humanism in medicine. The rudimentary process, "N Engl J Med", 1975, 293, 1320-1322).

Esta idea, no es difícil intuirlo, estuvo presente en el inicio del proceso civilizador y en el nacimiento de la Medicina. Ser débil era en la tradición deontológica título suficiente para hacerse acreedor de respeto y protección. Incluso, el ser débil económicamente dejó de ser marca de discriminación para la atención médica.

La socialización de la medicina constituye uno de los esfuerzos históricos de mayor porte en homenaje a la dignidad humana de todos. Y hoy, sin embargo, ese esfuerzo parece afectado de una intensa fatiga ética y se habla abiertamente de reducir los costos, ciertamente gigantescos, de la atención de salud. Se está hablando abiertamente de racionar la atención médica y de estratificar los cuidados, no según su coeficiente de beneficio/costo, sino según las condiciones socio-económicas (edad, capacidad de pagar, estado de salud) de los pacientes.

Se introduce así una discriminación que afecta a lo más medular de las relaciones entre médicos y paciente: estos ya no están investidos de la única y suprema dignidad del hombre, sino que pueden distinguirse en diversas categorías: los débiles serán discriminados. 

La Medicina corre así el riesgo de convertirse en un instrumento de ingeniería social. Pero esa es una idea totalmente extraña a la ética de la atención de salud. 

Lo específico de médicos y enfermeras es ayudar, con su conocimiento y habilidades, a los enfermos y débiles, a seres humanos que viven la crisis de estar perdiendo su vigor físico, sus facultades mentales, su vida. 

El respeto por la dignidad del hombre, toma en Medicina, una forma peculiar y específica: el respeto a la vida debilitada. En la Medicina paliativa, el respeto a la vida está condicionado de forma casi constante por la presencia de la vulnerabilidad esencial, por la fragilidad extrema del hombre, por el reconocimiento de lo inevitable y próximo de la muerte. El respeto ético de médicos y enfermeras que administran cuidados paliativos es respeto a la vida declinante; su trabajo consiste en cuidar de gentes en el grado extremo de debilidad 

.…Cuando al enfermo se le considera a esta luz, como algo a la vez digno y miserable, podemos reconocer su condición a la vez inviolable y necesitada. Este es el fundamento ético de la atención terminal que se debe a todo paciente, la justificación moral de los cuidados paliativos.” Prof. Gonzalo Herranz Rodríguez, en las Jornadas Internacionales de Bioética, Pamplona, del 21-23 octubre 1999.


viernes, 10 de diciembre de 2021

Eutanasia y dignidad del morir (VIII)

El enfermo terminal merece ser observado según la constante dignidad que siempre ha tenido como persona, sin que esa dignidad, de pronto, en el tramo final de su vida, se vea enturbiada por la niebla cegadora que introduce una artificial “calidad de vida compasiva” proclive al juicio pro eutanásico. Esa ceguera recobra su claridad cuando se da cauce profesional a los cuidados paliativos.

El Prof Herranz es diáfano en ese sentido:

“Los enfermos desahuciados y los moribundos se presentan como un acertijo para allegados y extraños, para médicos y enfermeras. Son muchas veces un enigma, porque nos imponen la difícil tarea de descubrir y reconocer, bajo su apariencia decrépita, toda la dignidad de un ser humano. 

Para una mirada que sólo ve las apariencias, la enfermedad terminal, tan acompañada en ocasiones de dolor, angustia y ansiedad, tiende a eclipsar la dignidad del enfermo: la oculta, incluso parece haberla destruido. Porque si, en cierto modo, la salud nos da la capacidad de alcanzar una cierta medida de plenitud humana, estar gravemente enfermo limita, de modos y en grados diferentes, esa importante dimensión de la dignidad, en cuanto nobleza, que es la capacidad de desarrollar el proyecto de hombre que cada uno de nosotros acaricia. 

No es difícil para el médico cooperar a la restauración de la salud de su paciente mientras hay esperanza de alcanzarla. Pero es muy arduo hoy para muchos médicos, fuera de los que son competentes en atención paliativa, reconocer el valor de su trabajo cuando, en el trance de la enfermedad terminal y del proceso del morir, no hay ya lugar a aquella esperanza. 

Cuesta mucho reconocer, en el ambiente de la medicina de hoy, interesada en resultados de curación y en costos por procesos, que la enfermedad seria, incapacitante, dolorosa y, en mayor grado todavía, la enfermedad terminal, pueda tener interés. 

Dominados por una cultura fisiopatológica, cuesta a muchos médicos comprender que la enfermedad terminal no consiste sólo en trastornos moleculares o celulares que ya no tienen arreglo, sino también en un problema humano en el que el respeto a la dignidad del paciente impone el deber de cuidar de la dignidad de su morir. 

La enfermedad terminal tampoco se limita, por encima de lo meramente biológico, a un recorrido vivencial de unas determinadas etapas que van marcando las reacciones psicológicas del enfermo ante la muerte anunciada e ineluctable, reacciones que necesitan comprensión, apoyo y acompañamiento. 

La situación terminal constituye, por encima de todo eso, una amenaza a la integridad del hombre, a su dignidad personal, que pone a prueba al enfermo y a los que le atienden. Y cuando esto se comprende, los resultados no se hacen esperar…. Los cuidados paliativos, ese modo tan profesionalmente médico de respetar la dignidad de los que van a morir, es uno de los argumentos más fuertes contra la eutanasia con el buen uso que se hace a muchos pacientes, y a sus familias, de los días finales de su existencia, después de que el dolor sea mitigado y antes de que llegue la muerte.” Prof. Gonzalo Herranz Rodríguez, en las Jornadas Internacionales de Bioética, Pamplona, del 21-23 octubre 1999.


lunes, 6 de diciembre de 2021

Los últimos mensajes del enfermo

Toda persona enferma, y especialmente en los últimos momentos de su historia, necesita decir algo. Algo importante, algo con especial significado, algo que desea específicamente legar. Pide y merece que se le preste toda la atención. Tiene solemne turno de palabra que debe ser acogido con un respetuoso silencio.

El enfermo, sobre todo en estadio terminal, se constituye de forma inconsciente en maestro de vida. Dejando aparte otras cuestiones de índole moral que haya acompañado la vida de dicha persona, desde esa improvisada cátedra tiene la capacidad de trasmitir unas lecciones muy importantes. Son lecciones claras y sencillas, que escuchadas con atención marcarán el futuro de los que las oigan. Es muy conveniente no tomarlas en menos, ni darlas al olvido. Los enfermos dirigen esas lecciones, en primer lugar, a los más próximos, pero también tienen el privilegio de compartirlas los que le asisten y cuidan.

Es evidente, que los que quieran asimilar las lecciones que imparten los enfermos en situación terminal, deben mantener una actitud de atención. Es muy perjudicial para el paciente, pero también para los propios acompañantes, que las manifestaciones a modo de lecciones que prodiga dicho enfermo sean recibidas con insensibilidad y superficialidad. Sería muy frustrante que esos mensajes que va dirigiendo el paciente a los demás chocaran en ellos con una sordera poco atenta y una actitud dormida insensible a tantas expresiones llenas de significado que lanzan dichos pacientes, más que con palabras, con llamativos gestos y miradas. Ser receptivos a esas explícitas y sencillas declaraciones del paciente nos inmunizan eficazmente contra la peligrosa “enfermedad” de la indiferencia. Indiferencia, que inicialmente se infiltra de forma imperceptible, para luego ir creciendo hasta transformar a las personas en un engendro de insensibilidad rutinaria e impermeable, ciega y sorda, a los numerosos y sencillos mensajes a los que son invitados a actuar. Precisamente esa “enfermedad” de la indiferencia en los que atienden, es la causa que se malogre, y se malinterpreten, todo un conjunto de lecciones trasmitidas por el enfermo y es, también, la causa que castiga el ánimo del enfermo con un especial agobiante dolor, incluso con expresión física. 

Seguida de esa actitud de atención, hay que proceder a tratarle de acorde con la dignidad intrínseca que posee como persona. Es un grave atentado a su dignidad considerar su vida como un desechable que tiene fecha de caducidad, aunque, por su estado depresivo, pueda el mismo expresarse de esa forma. El verdadero reclamo que lanza el enfermo en esa situación es para que sea tratado con todo el respeto que merece su dignidad. Por eso, tiene todo el derecho de ser acogido por una actuación profesional médica, como siempre, de alto nivel, que alivie y cubra toda su sintomatología, hoy en día alcanzable gracias a los cuidados paliativos.

Además, el enfermo en esa situación, tiene también el derecho de recibir la gratificación de comprobar que deja una huella en los demás, aunque sólo sea esencialmente por ser reflejo vivo, precisamente en su estado de gran vulnerabilidad, de hasta qué punto es valiosa su dignidad como persona. La exhibición de esa calidad de dignidad humana en estado casi puro choca y es radicalmente contraria a ser asimilada como un objeto, o animal, cuyo valor evoluciona paralelamente a su grado de eficacia funcional.

En definitiva, el enfermo en situación terminal pone de forma candente y al descubierto el valor intrínseco que posee la dignidad de la persona humana, que exige ser correspondida con el mayor respeto, tanto en beneficio de él como de los demás. Esa alta dignidad es incompatible con una visión degradada de la persona si es desfigurada según criterios de utilidad, haciéndola fácilmente catalogable por los jueces de la eutanasia para una “muerte digna” si cumple los protocolos establecidos como material de desecho, impidiéndole todo recurso a una profesional y eficaz actuación de los cuidados paliativos. 

Juan Llor Baños


viernes, 3 de diciembre de 2021

Eutanasia y dignidad del morir (VII)

Los promotores de la eutanasia procuran oscurecer, con su arrogante propaganda panfletaria, la auténtica medicina. Los pro eutanasia descartan, desde el inicio, acompañar al paciente en estado terminal, le privan de la debida profesional atención que precisan sus síntomas, y acaban desechando de raíz la ayuda siempre eficaz de los Cuidados Paliativos. Así, la eutanasia es una practica que ofende gravemente la dignidad del paciente. 

Es muy valiosa, en ese sentido, la luz que proyecta el Prof Herranz:  

“La enfermedad terminal puede herir muy duramente a la dignidad social, a la imagen de uno ante los otros. No es extraño, por eso, que, en años recientes, los movimientos pro-eutanasia tiendan a presentar la reivindicación del derecho a morir dignamente como la coronación del progreso ético, propio de personas clarividentes y de ideas avanzadas, que forman una elite cultural, una minoría emancipada de prejuicios y supersticiones. 

En la literatura panfletaria y en las páginas de Internet, los promotores de la eutanasia se presentan a sí mismos como la levadura en la masa, como líderes y liberadores que transformarán la sociedad. 

Los argumentos y los ejemplos desplegados por los promotores de la eutanasia, ordinariamente sobrecargados de retórica fuerte, siguen siendo, tanto en la sociedad como en las profesiones sanitarias, patrimonio de una minoría. Desde instancias profesionales de la medicina, se ha señalado un riesgo grave de esta actitud elitista: el de poner en peligro, mediante una hábil manipulación de los sentimientos en favor de la eutanasia de una pequeña elite, la atención paliativa de grupos enteros de personas (ancianos, incapaces, pacientes terminales). 

En fin de cuentas, la mentalidad pro-eutanasia pretende obligar a la sociedad a escoger entre la muerte provocada e indolora, como pretendido medio de preservar la dignidad humana, y la atención y cuidado de los enfermos terminales, con las vicisitudes y precariedades de la vida que se apaga.

Los activistas pro-eutanasia repiten hasta la saciedad que la opción de morir con dignidad está estrechamente vinculada al derecho a escoger el tiempo y el modo de la propia muerte según los criterios de una ética hedonista. Tal como señalaba de modo paradigmático el Alegato a favor de la Eutanasia Beneficiente, cuando la vida carece de dignidad, hermosura, promesa y significado, y la muerte se retrasa con periodos interminables de agonía y degradación vital, no se puede decir que eso sea la vida de un ser humano, porque tolerar o aceptar el sufrimiento innecesario es inmoral.

Por desgracia, no son pocos los médicos que, por ignorancia de los avances del tratamiento del dolor y de los cuidados paliativos, pueden convertirse en provocadores o cómplices de la petición de eutanasia.

La arrogancia elitista y la fascinación con la muerte de la mentalidad pro-eutanasia pueden privar a muchos pacientes de los beneficios y dignidad de la atención paliativa, una rama humilde pero inmensamente humana de la medicina y la enfermería. 

Sólo se puede hablar de verdadera libertad de elección cuando la medicina paliativa es practicada con competencia y ofrecida a todos los que la necesitan.” Prof. Gonzalo Herranz Rodríguez, en las Jornadas Internacionales de Bioética, Pamplona, del 21-23 octubre 1999.

miércoles, 1 de diciembre de 2021

La contagiosa, y peligrosa, enfermedad del pesimismo


Se puede leer en el documentado artículo “La brecha de optimismo entre los jóvenes”, 1.XII.2021, en El Sónar:

"La brecha de optimismo entre los jóvenes de países ricos y de menos ingresos puede explicarse por ciertas tendencias. Los jóvenes de regiones de ingresos medios y bajos ven el futuro con más optimismo porque experimentan que están mejorando respecto a sus padres en materias básicas como salud, educación, seguridad. Los hábitos informativos hacen que nos fijemos más en los momentos dramáticos (guerras, hambrunas, catástrofes) que en las mejoras graduales y constantes, que no son noticia pero que van transformando el mundo.

En cambio, en los países más desarrollados hay cada vez más miedo frente a potenciales amenazas y más desconfianza en la capacidad para superarlas. Si en épocas pasadas se confiaba sin reservas en el progreso, ahora el futuro tiende a verse como un territorio peligroso e incierto, que escapa al control humano. Jóvenes y mayores se fijan más en lo que pueden perder que en lo que pueden ganar. De ahí que la aversión al riesgo y la búsqueda de la seguridad se hayan convertido en tendencias dominantes en los países ricos.

Desde la infancia, los jóvenes de los países ricos han sido socializados conforme a esta cultura del miedo. La hiperprotección impulsa a ser esclavos de su seguridad más que aprender a manejar los riesgos. Y con esta perspectiva es fácil ver el futuro bajo una lente pesimista. En cambio, en los países donde hay menos seguridad material la vida diaria obliga a los jóvenes a afrontar riesgos y a manejar experiencias difíciles, que les robustecen para retos futuros."


martes, 30 de noviembre de 2021

Eutanasia y dignidad del morir (VI)

Continuamos desvelando las intenciones de fondo que persiguen los de la mentalidad pro-eutanasia. Para ellos la verdadera y real dignidad del hombre es accidental, y por eso ven lógico tildar de inútil, perjudicial, o de escaso valor, la actuación altamente profesional que el médico puede prestar al enfermo en estado terminal a través de los cuidados paliativos. 

De forma lúcida se expresa el Prof Herranz: 

“Vivimos también en un tiempo en el que las decisiones médicas se toman en función de la elección, activa e informada, del paciente de los tratamientos que acepta o rechaza. En consecuencia, el derecho de los pacientes a decidir, junto con el temor a verse en una agonía dolorosa y usurpadora del autocontrol, lleva a convertir el deseo de morir con el máximo de confort y dominio de las circunstancias: es decir, se crea un derecho a morir con dignidad (T.E. Quill, Death and dignity: A case of individualized decision making, "N Engl J Med", 1991, 324, 691-694)

El derecho a morir con dignidad se invoca como un derecho que garantiza la posibilidad de vivir y morir con la inherente dignidad de una persona humana, y como recurso para liberarse de la agonía de vivir en un estado de miseria emocional o psicológica. El decaimiento biológico, el no valerse por uno mismo y depender de otros para las acciones y funciones más comunes, son considerados, en la “mentalidad de la muerte con dignidad”, como razón suficiente para reclamar el derecho a morir a fin de impedir que la dignidad humana sea socavada y arruinada por la invalidez extrema, la dependencia y el sufrimiento.

Pero, ¿se pierde realmente la dignidad humana cuando uno está muy enfermo, muy debilitado, o no puede seguir viviendo si no es con la ayuda de otros? 

En el fondo, con la noción de dignidad propia de la mentalidad eutanásica es totalmente ajena al concepto de dignidad de la mentalidad en favor de la vida. Esta tiene una base ontológica: la dignidad es intrínseca, universal, inalienable, inmune a las influencias de fortuna o de gracia, refractaria al proceso de morir. Aquella (en la mentalidad eutanásica), aunque importante, es accidental. 

La dignidad social es una variable dependiente de numerosas circunstancias: el paso del tiempo, la posesión de dinero, influencia, prestancia física, clase o títulos; se tiene, pero puede disminuir por debajo de un valor crítico hasta llegar a perderse. Es especialmente sensible a influencias sociales y estéticas. 

Ese carácter sumiso a las influencias sociales y subjetivas es la razón de que la dignidad del morir siga siendo invocada como un derecho en un tiempo en que los progresos de la medicina paliativa han provocado el ocaso de la noción de eutanasia como liberación del dolor insoportable. 

Los movimientos pro-eutanasia se han visto obligados, por ello, a dejar en segundo plano y como cosa del pasado el paradigma del matar por compasión al que sufre de modo intolerable, para tomar una dirección nueva: la de presentar la dignidad del morir como un derecho que expresa el dominio absoluto de uno sobre su propia vida, o como un signo de decoro personal. 

En el nuevo contexto, el enemigo no es ya la enfermedad avanzada, la cual, a través del dolor, el sufrimiento o la debilidad total de la caquexia, pone cerco a la dignidad humana: el nuevo enemigo es la pérdida de la autosuficiencia, el no poder vivir independiente de los otros, el tener que morir abdicando de la imagen social hasta entonces prestigiosa y estética.” Prof. Gonzalo Herranz Rodríguez, en las Jornadas Internacionales de Bioética, Pamplona, del 21-23 octubre 1999.


miércoles, 24 de noviembre de 2021

Eutanasia y dignidad del morir (V)


A los promotores de la eutanasia lo que les resulta más eficaz no es el control o los cuidados profesionales que requiere el enfermo en situación terminal, muy eficazmente cubiertos por los Cuidados Paliativos. Lo que es verdaderamente eficaz para los pro-eutanasia es confundir y sacar de contexto la noción de muerte digna, presentándola fuera de la realidad. El sofisma desaparece frente a realidad, pues la dignidad está siempre acompañando a la persona en cualquier situación, con su derecho de ser protegida y cuidada profesionalmente en todo su existir, también en su estado terminal.

Magistralmente lo expresa el Prof Herranz: 

El uso, por parte de los promotores de la eutanasia, de la expresión “morir con dignidad” tiene un propósito más oportunista y retórico que sustantivo. 

Aunque el morir y la muerte constituyen para muchos hombres de hoy un tabú innominable, en la dinámica de los movimientos pro-eutanasia pierden su significado negativo o lo transmutan, cuando se combinan con dignidad, en otro nuevo y aceptable. 

Y así resulta que muchas de las asociaciones que propugnan la despenalización de la eutanasia y de la ayuda médica al suicidio se han autodenominado con términos que combinan muerte y dignidad (Voluntary Euthanasia Society Scotland). 

El proyecto ideológico que subyace a la mentalidad de la “muerte con dignidad” o del “derecho a una muerte digna” consiste en la aceptación de que la dignidad humana es minada, o incluso alevosamente destruida, por el sufrimiento, la debilidad, la dependencia de otros y la enfermedad terminal. Se hace, por tanto, necesario rescatar el proceso de morir de esas situaciones degradantes mediante el recurso a la eutanasia o al suicidio ayudado por el médico. 

La decisión de evitar el deterioro final de la calidad de vida y de mantener el control de sí mismo y de la propia dignidad en los días últimos, es favorecida por lo peculiar de las fuentes de información sobre la muerte de que dispone la gente de hoy. 

Por un lado, muy pocos tienen oportunidad de presenciar una muerte sosegada. La muerte de los allegados, aparte de ser un fenómeno que cada uno tiene ocasión de presenciar muy raras veces en su vida, suele suceder hoy en el hospital, no en casa. La falta de intimidad interpersonal que ello supone se agrava por la intensa medicalización de la agonía. 

Por otro lado, los medios de comunicación nos atiborran de relatos e imágenes de mil formas de muertes gratuitas, violentas o torturadas. Se crea así un rechazo colectivo a la muerte, pues nadie quisiera jamás morir de ninguno de esos modos. Y ya que hay que morir, todos, en principio y por instinto, queremos hacerlo con dignidad y decorosamente, conservando la nobleza propia del hombre. 

Sobre este fondo, la mentalidad pro-eutanasia construye su “noción” de “morir con dignidad” asignando al sufrimiento moral, al dolor físico, a la incapacidad, a la dependencia de otros, a la enfermedad terminal, un valor negativo, destructor de la dignidad humana. La “muerte digna” es la “única” solución para poner término a la permanente indignidad de vivir esas vidas sobrecargadas de valores negativos, carentes de valor vital. La enfermedad terminal puede herir muy duramente a la dignidad social, a la imagen de uno ante los otros.

En ese nuevo contexto, el enemigo no es ya la enfermedad avanzada, el “nuevo enemigo” es la pérdida de la autosuficiencia, el no poder vivir independiente de los otros, el tener que morir abdicando de la imagen social hasta entonces prestigiosa y estética”. Prof. Gonzalo Herranz Rodríguez, en las Jornadas Internacionales de Bioética, Pamplona, del 21-23 octubre 1999.