sábado, 30 de marzo de 2024

LA FAMILIA ARTIFICIAL (X)

La distinción entre padres y fecundador in vitro son muy evidentes.

El Prof Gonzalo Herranz: 

“Se ha dicho que la fecundación in vitro ha dado a muchos matrimonios, junto al hijo deseado, la estabilidad que había estado a punto de quebrarse. Pero lo cierto es que, en al menos ocho de cada diez matrimonios que acuden a la FIVET, la técnica fracasa. Truncadas sus ilusiones, se hace muy difícil soportar un futuro matrimonial cerrado a la procreación. Perdida la ilusión del hijo deseado, muy frecuentemente, el matrimonio se rompe o queda fuertemente traumatizado por el estigma social de la infertilidad. Que tal fracaso produzca gran sufrimiento moral es lógico: la reproducción de laboratorio ha nacido y se ha desarrollado en un contexto biotecnológico. Quienes las han diseñado y las aplican apenas prestan atención a la naturaleza somato-psíquica y espiritual del hombre. 

Su poca sensibilidad hacia los valores humanos se manifiesta muy claramente en la ignorancia deliberada de los aspectos más fundamentales de su trabajo, hacia la realidad sobre la que está actuando el fecundador in vitro. 

Este trabaja de ordinario sin querer enterarse de que está jugando a Dios, sin darse cuenta de que ha asumido el papel de Destino. Él es quien hace la familia, no los esposos. El artificializa la familia: decide quién nace y quién no. Produce zigotos en número excesivo, para precaverse contra una eventual falta de embriones. Pero tiene que seleccionar, entre los zigotos producidos, cuales van a ser reimplantados en el útero y cuáles pasan a ser embriones sobrantes; decide, cuando transfiere inmediatamente al útero ciertos embriones y destina a la criopreservación a otros, quién recibe la oportunidad de nacer ahora, y quién más tarde o nunca.  

Determina que parejas son dignas de tener un hijo y, por ello mismo, a cuáles otras, por razones económicas, genéticas, socioculturales, o simplemente aleatorias, les niega tal oportunidad. 

El fecundador in vitro es, en efecto, quien establece los criterios para seleccionar las parejas a las que proporciona ayuda tecnológica: él fija qué estado matrimonial, qué grado de salud mental o qué nivel de estabilidad económica han de tener los candidatos, con qué intensidad han de desear tener un hijo, qué edad de la madre es apropiada o no. 

Trabaja el técnico de la reproducción humana olvidado de ordinario de que ha asumido para ciertos hombres el papel de Destino. Decide que la vida de un niño cuyos padres no tienen mucho dinero es menos valiosa y plena que la de otro niño cuyos padres viven desahogadamente, y consiente en crear una y en denegar la otra. Porque puede pensar que quien nace de unos padres algo desequilibrados no podrá tener una biografía significativa, se negará a engendrarlo, en beneficio de quienes se adaptan a su propia noción de normalidad.

Es ésta una responsabilidad enorme, pero transitoria. Una vez creada la criatura, el fecundador artificial rehúsa toda responsabilidad sobre ella. Desde un punto de vista antropológico, el médico juega un papel mucho más activo que los padres en el proceso de generar ciertas vidas humanas. A fin de cuentas, los padres funcionan, y no siempre, como simples, e incluso lejanos, proveedores de gametos: el fecundador in vitro es el co-creador inmediato, el artífice de la nueva vida. ¿Cuál es su responsabilidad antropológica? Ninguno de ellos ha querido responder a esta pregunta.” Gonzalo Herranz, Universidad Panamericana, México, D.F., 24.III 1993


viernes, 22 de marzo de 2024

LA FAMILIA ARTIFICIAL (IX)

El acostumbramiento social en asumir como normal la fecundación in vitro no disminuye sus graves e innegables consecuencias a nivel individual y familiar.

El Prof Gonzalo Herranz:

“A continuación, quiero aducir datos y argumentos para demostrar que la producción artificial de niños no es la solución para los problemas de la familia.

Como hemos visto, hay en el mundo mucha gente que, pudiendo tener hijos, no los quiere: los evita o los destruye. Y, paradójicamente, hay a su lado muchos otros que quieren tenerlos, y no pueden. Y si los primeros confían en la eficacia de los medicamentos y artilugios mecánicos de la contracepción y en la catástrofe humana del aborto, los últimos ponen sus esperanzas en las técnicas de la reproducción asistida para recibir de ellas el alivio de su esterilidad. 

Las técnicas de reproducción asistida están haciendo mucho por artificializar la familia, y lo están haciendo de modo sutil pero eficiente.

La reproducción asistida, en particular la fecundación in vitro, conmovió, hace unos años, a la opinión pública mundial. Hoy se habla menos de ella. Pero, todos lo recordamos, podrán contarse con los dedos de una mano los logros de la Medicina que hayan tenido tanta y tan buena prensa. 

La embriagante mezcla de triunfo científico y de felicidad familiar con que los periodistas presentaron en sociedad a los niños probeta ha dejado una huella muy profunda. 

Cuando se publicó la Instrucción vaticana Donum vitae estalló un clamor de protesta contra lo que se consideró un documento rígido de mente moralista e insensible a uno de los más profundos problemas humanos como es la esterilidad matrimonial. Hoy las cosas se han serenado: el anunciado triunfo de la reproducción asistida sobre la esterilidad humana no se ha producido. Pero son pocas las voces que se levantan para evaluar el procedimiento en sí y los efectos que de modo insidioso está creando como impulsora de la familia artificial.

Eso es posible porque hay una especie de pacto de silencio en torno a ciertos aspectos de la reproducción asistida, un pacto de no dañar el prestigio social de esa tecnología

Se filtran las noticias (la mujer menopáusica convertida por la ciencia en una feliz madre de 50 años, la dura represión contra el Dr. Jacobson por haber inseminado con su propio semen a 75 mujeres, etc.) para rendir tributo a los inagotables recursos de la tecnología reproductiva o manifestar que los compromisos éticos de la especialidad son tomados en serio. Apenas se habla ya de niños artificiales. Sólo unos pocos, entre moralistas, psiquiatras y grupos feministas, sigue prestando atención a los problemas éticos, jurídicos y psicológicos de la reproducción asistida. La sociedad en general parece haber digerido el problema.” Gonzalo Herranz, Universidad Panamericana, México, D.F., 24.III 1993 


viernes, 15 de marzo de 2024

LA FAMILIA ARTIFICIAL (VIII)

Está fuera de toda ética médica el plegarse a intereses particulares utilitaristas. Cuando se cede al utilitarismo el aborto lleva a la eutanasia, y viceversa.

El Prof Gonzalo Herranz

“Y como la familia es de una pieza, hay también una inevitable conexión entre la mentalidad anticonceptiva-abortista y la eutanasia. Cuando en una sociedad son muchos los que creen que tener hijos es un error ingenuo, las consecuencias socioeconómicas tardan unos años en llegar, pero llegan inexorablemente, al seno de las familias y a todo el tejido social. 

Algunos economistas y expertos en sociología de la familia se han puesto a pensar en lo que ocurrirá si no cambian a tiempo las tendencias demográficas actuales. La carestía de nacimientos -nos dicen- causará graves perturbaciones a todos los niveles de nuestra economía. Las primeras víctimas serán los padres de ninguno o de muy pocos hijos. Serán decenas de millones los adultos con la desgracia de terminar sus días sin tener a su lado nadie que les quiera de verdad, sin hijos ni nietos. 

Hay quien ha sugerido que, ante la falta de apoyo familiar para una fracción tan grande de la sociedad, debe instituirse una solución eficaz, del tipo de la eutanasia, que podría aplicarse voluntariamente a quienes la solicitaran o, incluso, involuntariamente al cumplir determinada edad. Y eso no por la simple razón económica de que la población activa, poco numerosa entonces, se resistirá a sacrificarse y prescindir de sus gastos de diversión y bienestar para subvenir a las necesidades de los ancianos y de los improductivos. Es que, en una sociedad egoísta, el anciano enfermo crónico, que vive solo, que no tiene familiares próximos que cuiden de él, es, como demuestra la experiencia holandesa, uno de los candidatos naturales para la muerte por compasión.

La falta de aprecio por la vida humana de los parientes viejos es la simple extensión y consecuencia de la falta de aprecio por la vida humana naciente que es el aborto. 

Se han cumplido ya en algunos países europeos bastantes años de la promulgación de las leyes despenalizadoras del aborto. Los efectos de esos años de desprecio legal de la vida son ya muy marcados en la sociedad y en la familia. 

Al aceptar mucha gente -los partidos políticos, los creadores de la opinión pública, algunos pensadores muy influyentes- con toda frialdad que el aborto es algo moralmente irrelevante, algo habitual que ha entrado en las costumbres admitidas, la sociedad se ha hecho 'oficialmente' indiferente o agnóstica ante el valor sagrado de la vida humana, de cualquier vida humana. La sociedad está preparada para que le digan que hay una cosa que queda por hacer: determinar cuáles son las vidas humanas que valen poco o que valen mucho menos de lo que cuestan, a fin de que se autorice legalmente su eliminación. 

Entran entonces en el mismo saco de vidas para desechar las que se calculan como molestas, costosas o simplemente indeseadas. Un amigo mío inglés, excelente filósofo, me decía que el aborto y la eutanasia han unificado su grito de guerra: al ya clásico `Todo niño, un niño deseado´ se ha añadido ahora `Todo anciano, un anciano deseado´.”  Gonzalo Herranz, Universidad Panamericana, México, D.F., 24.III 1993  


miércoles, 6 de marzo de 2024

LA FAMILIA ARTIFICIAL (VII)

La Medicina no es ajena a la mentalidad antinatalista imperante en la sociedad, pero, si no se deja contagiar, puede ser un revulsivo muy eficaz al objetivar la realidad y dignidad de todo ser humano concebido.  

El Prof Gonzalo Herranz:

“E. E. Baulieu, el promotor de la píldora abortiva, ha creado la noción de contragestión, una habilidosa contracción del término contragestación, para englobar, bajo una denominación nueva y no traumática, fácil de aceptar por todos, todo el conjunto de procedimientos de contracepción abortiva y de aborto farmacológico…

En un ambiente ético infiltrado por la ideología contragestativa, el niño vale en la medida en que es deseado y para lo que es deseado. 

El amor a los hijos entra en crisis profunda: no faltarán las ocasiones en que los padres -ante la falta de trabajo, la necesidad de renunciar a un proyecto material largamente acariciado- no podrán evitar el pensamiento de que tal o cual hijo es, por encima de toda otra consideración, un error de cálculo, un fallo de programación, que obliga a renunciar a ciertas aspiraciones materiales o a aplazar un proyecto determinado. 

Peor aún, un hijo puede ser percibido por los otros miembros de la sociedad como un descrédito: es tonto tener hijos cuando hay sobradas razones, o simplemente alguna razón, para no tenerlos. 

Otras veces, el hijo es programado para resolver un problema. Se lo diseña como una pieza de recambio: para ocupar el lugar del hijo muerto o que va a morir a corto plazo a consecuencia de una enfermedad incurable, o para utilizarlo como donante de médula ósea para la hermanita que sufre leucemia.  

En un clima social en que los hijos se calculan y se deciden, se hace particularmente doloroso o humillante el que un crío salga torpe, o feo, o simplemente llorón, psicológicamente no encantador. 

¿A qué se debe la epidemia que se extiende por el mundo occidental de malos tratos infantiles, de sevicias (crueldad) e, incluso, de abuso sexual? La mentalidad de dominio tiende a despersonalizar a los niños. Sus mismos padres pueden ya no considerarlos como seres humanos a los que hay que profesar un respeto ilimitado, sino como animalitos domésticos o como objetos de los que se dispone caprichosamente. 

Los padres tienden a ejercer con intensidad creciente un derecho de propiedad y uso sobre sus hijos: el progreso de dignificación de las relaciones humanas, en general, y de las intrafamiliares, en particular, que había operado el progreso económico, se ha detenido o se ha venido abajo en la sociedad de bienestar neomaltusiana. La ideología del hijo como producto que se programa tiende a cosificar al hijo.” Gonzalo Herranz, Universidad Panamericana, México, D.F., 24.III 1993 

viernes, 1 de marzo de 2024

LA FAMILIA ARTIFICIAL (VI)

La anestesiante mentalidad anticonceptiva insensibiliza la función educadora de los padres provocando un sopor general de indiferencia.

El Prof Herranz

“Voy a ofrecer para explicar este fenómeno una hipótesis bastante audaz. Me parece que en el fondo de toda esta tremenda abdicación de la función educadora de los padres está la mentalidad contraceptiva

El daño fundamental de la contracepción no está en los riesgos biológicos, ni en la falsificación psicológica que es el amor contraceptivo. Sólo a Dios corresponde juzgar a quienes la practican. Pero estamos viendo ya sus efectos sobre la familia y la convivencia humana. 

La contracepción ha sustituido en la mente de muchos la noción del hijo como don que se recibe de Dios y destinado a la libertad de ser un hijo de Dios, por la noción de hijo como producto programado, que entra en el juego económico de ganancias, impuestos y gastos permisibles

Del mismo modo que el Estado, mediante su política sanitaria y sus presupuestos anuales, se encarga de nuestra salud, se encargará, mediante los presupuestos de enseñanza, de dar la educación a nuestros hijos. El Leviatán estatal va camino de alcanzar el dominio monopolístico de la educación, lo mismo que va camino de hacerse con la exclusiva de los cuidados de salud…

Volvamos ahora a donde habíamos quedado. Hay un aspecto de la contracepción que merece ser comentado: la inevitable continuidad entre anticoncepción y aborto

Aunque son acciones moralmente distintas, es cierto, tienen psicológicamente una raíz común: son ambas formas de despreciar al ser humano débil, de declararlo no deseado e impedir que sea concebido o, si por fallo o imprevisión fue concebido, impedir que nazca y siga viviendo.

Además, en la cruda realidad de los procesos biológicos, se da una estrecha conexión entre ambos procedimientos. Hace falta ser muy despistado, o muy cínico, para ignorar hoy que son abortifacientes algunos procedimientos que tácticamente, para anestesiar la sensibilidad moral del público, la industria farmacéutica y las grandes agencias de planificación familiar llaman simplemente anticonceptivos: algunos productos hormonales, los DIUs, la mifepristona. 

Ha habido un deliberado borramiento en la conciencia social de la barrera, moralmente significativa, que separa anticoncepción y aborto precoz. 

A mucha gente se la ha convencido de que, si es normal que un hijo puede ser no deseado, se le puede no desear con tanta intensidad que, si la anticoncepción fallara, se debe recurrir al aborto como última barrera anticonceptiva.” Gonzalo Herranz, Universidad Panamericana, México, D.F., 24.III 1993