NO ES CIERTO que la ética de la investigación biomédica, el consentimiento informado y el respeto al sujeto, sea un producto de EE UU. Ya Pío XII, en 1952, señaló las primeras manifestaciones de la bioética contemporánea, trató de los límites de la investigación biomédica, y del respeto a los sujetos de investigación.
El Prof Herranz: “Del Juicio de Núremberg salió, en agosto de 1947 y como parte de la sentencia, el Código de Núremberg, un documento histórico. Pero en EE.UU., lo mismo que en otros sitios, nadie le prestó atención; los investigadores norteamericanos no se dieron por aludidos: la cosa no iba con ellos, ellos no eran criminales de guerra. Es curioso el escasísimo relieve que en las revistas médicas tuvo el juicio de Núremberg; era un asunto que nada tenía que ver con la noble medicina local. Pero lamentablemente, la investigación que se hacía en aquellos años en los hospitales de Estados Unidos era muy abusiva. Había un gran vacío ético, contra el que protestaban muy pocos. De hecho, sólo lo hizo Harry Beecher, un anestesiólogo de Harvard, católico. Beecher empezó a escribir y publicar unos artículos enormemente acusadores en el New England Journal of Medicine que fueron como un despertador de la conciencia.
Años después se fueron haciendo las cosas de modo más regular: se establecieron normas de control -éticas y administrativas- en los Institutos Nacionales de Salud: para recibir dinero, era necesario comprometerse éticamente. En el año 1964 la Asociación Médica Mundial dio a luz la primera versión de la Declaración de Helsinki, bastante tímida por cierto, y que fue notablemente mejorada once años después en 1975 en Tokio. En 1979 la National Commission, creada por el Congreso norteamericano, hizo pública la Declaración de Belmont. Fue justamente entonces cuando la bioética académica se empezó a preocupar de la ética de la investigación.
A fines de los años 80 Faden y Beauchamp publicaron su historia del con- sentimiento informado. Al hacer la recensión bibliográfica de este libro, Arthur Caplan dijo que los autores se habían equivocado al señalar algunos antecedentes europeos, sobre todo franceses, de esa figura entre jurídica y ética. Caplan aseguró que la ética de la investigación biomédica, y en general la ética del consentimiento informado en biomedicina, era un producto estrictamente americano; que la noción de respeto por el sujeto autónomo no podía haber nacido en ninguna otra parte del mundo si no en los EE.UU. Y eso me indignó. Conocía los discursos bioéticos de Pío XII, una de las primeras manifestaciones de la bioética contemporánea. Y uno de ellos, del año 1952, trataba de los límites de la investigación biomédica; del respeto a los sujetos de investigación….” En “Al servicio del enfermo. Conversaciones con el Dr. Gonzalo Herranz” José María Pardo, Ed EUNSA, 2015, p 212-213.

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